TELEPACÍFICO, TELEVISIÓN PARA CONSTRUIR UN SUEÑO

Por Miguel Ernesto Yusty

En el año 2013, Telepacífico cumplió 25 años de existencia. Durante ese período, pasó por tiempos gloriosos como en el 2003 cuando llegó a ser el más visto de los canales públicos regionales, pero igual tuvo épocas de limitación económica debido a la entrada en funcionamiento de la televisión privada nacional y en abierto en 2002, e incluso, por equívocas gerencias que terminaron sumiéndola en la crisis de 2012. A ello debe sumarse la turbulenta presencia del narcotráfico durante los años 80 y 90, el fortalecimiento del paramilitarismo al llegar el nuevo siglo y la pugna entre el Estado y la insurgencia de izquierda durante más de 50 años, que afectaron la forma como el País y la Región hacen política y en consecuencia la forma como se ejerce el poder desde el Gobierno a través de sus instituciones.

Un estado democrático como el colombiano funciona según lo escrito en su Constitución. En ella se dictan las normas que garantizan el ejercicio de los derechos ciudadanos, así como sus deberes, todo inspirado en ideales de equidad, inclusión y tolerancia. Pero en un país donde la memoria sobre los procesos sociales, políticos y culturales es efímera, tales preceptos lucen desarticulados en la medida que el ciudadano no visualiza el modelo de sociedad que ellos propician, y los percibe lejanos a su propia realidad. Es decir que el esfuerzo que supone el ejercicio y defensa del mandato constitucional, carece de justificación, es letra muerta, un conjunto de palabras vacías que no representa ninguna posibilidad.

Sin memoria, incluso sin fabulación, no existe punto de retorno. Por eso, en la mente de un colombiano no hay un Cámelot mítico para recordarle que alguna vez todo marchó bien o una Roma clásica, en la cual la cultura y el control militar sobre la barbarie se impusieran al caos. En la Colombia real, cuando un político es nombrado o elegido para administrar los recursos públicos, lee las obligaciones escritas en el manual de funciones redactadas para su cargo, pero no tiene en su cabeza la imagen del objetivo que debe perseguir y alcanzar.

Poco ayuda la sacralizada expresión de ser un perpetuo “pueblo joven”, en un “continente joven”, con todo por descubrir e inventar. Nada más nocivo, porque para ello se vive en constante conflicto con el pasado, sin tener nunca una historia sobre la cual edificar. De esta manera, cada nuevo proceso electoral, condena a la sociedad a un olvido por decreto, porque el mandatario elegido y sus funcionarios de turno se esfuerzan por marcar un antes y un después, como una escisión en la línea del tiempo, en un intento por borrar todo lo actuado y perpetuarse en la memoria de los electores. Sin embargo, esa actitud, suma al funcionario a una interminable lista de ensayos similares, en los que el primer objetivo fue olvidar el camino recorrido, para luego refundar un nuevo modelo. Así, cuando algún funcionario confundido, quiere encontrar la vía correcta, debe empezar de cero y volver a inventarlo todo de nuevo. La opción adecuada sería investigar para recuperar las experiencias exitosas, pero no todos los funcionarios cuentan con tal vocación. En consecuencia la condena es casi dantesca, porque la administración pública repite hasta la saciedad sus mismos errores.

La raíz del funcionamiento deficiente de lo público radica en “la promesa”. La construcción de una sociedad debe estar sustentada en algún tipo de sueño común. En la antigüedad el sueño iniciaba con la fundación de una aldea, que con el correr de siglos llegaba a ser una ciudad. Si su fortaleza militar y cultural lograba soportar al embate de otras propuestas, su idea del mundo perduraría hasta nuestros días. En la actualidad los países, las ciudades y los pueblos no tienen tiempo para que el devenir histórico les ayude de manera aleatoria a encontrar el rumbo. Aunque la historia sea caprichosa, en contextos como el colombiano, inmersos en confrontaciones bélicas desde siempre, corrupción o delincuencia organizada, es importante y urgente explicar a la mayor brevedad la importancia del lenguaje de la convivencia y de la paz. Para hacerlo son requeridos los medios masivos de comunicación, en especial los medios públicos. Pero si quienes los dirigen y gerencian no entienden su compromiso histórico y social, las opciones para la sociedad y sus públicos se hacen limitadas. Tampoco será positivo el resultado si a pesar de entender su deber, ignoran la naturaleza del oficio creativo gracias al cual intentan comunicarse con los ciudadanos, es decir que si no entienden de televisión, la situación es inquietante.

Cuando se trata de televisión, la responsabilidad es mayor, por la fuerza inherente a la combinación de las imágenes con los sonidos. La sensación de verismo que encarna lo audiovisual, hace de la televisión el medio por excelencia para hacer entender a los televidentes los beneficios establecidos en la Constitución. El Estado es la promesa de un mundo mejor y lo público, es la materialización de esa promesa. Cuando lo público funciona, existe justicia y equidad en la repartición de los beneficios. A los medios de comunicación, entre ellos la Televisión, les corresponde explicar estos conceptos, haciéndolos perceptibles con la razón y también con la emoción, de otra forma, países como Colombia se verán constreñidos a seguir a ciegas cometiendo una y otra vez los mismos errores. Ello supone dotar a la televisión pública de los profesionales adecuados. Sin guionistas, fotógrafos, diseñadores de sonido, directores de arte o músicos, nunca se hará una televisión que cautive y entretenga. Por eso se requiere en los cargos directivos, personal entendido en el oficio audiovisual, con libertad para contratar motivados por los méritos del trabajador y no por sus afinidades políticas.

Para que la Televisión Pública Regional cumpla con su razón de ser, como un instrumento que construye, explica, expresa y transmite la imagen de un mundo soñado, se debe explicar que ella debe trascender el deseo de ser un reflejo de la sociedad, porque así se mantiene los televidentes permanece anclados al presente. La Televisión debe ser capaz de hacer soñar a sus espectadores, de otra forma el apabullante peso de la realidad, los dejará sin fuerzas para vencer la adversidad y generar una nueva sociedad. Si, la Televisión Pública Regional debe informar, educar y también entretener pero sobretodo, debe ser capaz de comunicar la promesa que encarna el Estado, para que la teleaudiencia pueda soñar con un mundo mejor y pueda encontrar en las herramientas del Estado, la vía para construirlo.

En un estado centralista, opciones como Telepacífico se convierten en una esperanza para la construcción de sociedad desde lo regional. La fortaleza sobre la que sustenta su esencia es la diversidad cultural de la vasta región a la que pertenece. Al igual que el resto del país, debe dedicar sus esfuerzos a permitir a sus telespectadores vivenciar, gracias a lo visual y lo sonoro, la propuesta de sociedad que el Estado encarna. A la par que se visibiliza el presente de la periferia alejada de la Capital, debe producir contenidos orientados a suscitar la visión de una sociedad que no existe aún, pero que es viable en la medida en la se trabaje para construirla. La Televisión Pública Regional se convierte entonces en el medio que permite visionar la sociedad soñada, siendo la herramienta que permite hacerla realidad.

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