MATAR A JESUS

Por Miguel Ernesto Yusty

MATAR A JESUS no es una cinta ajena a esa necesidad de buena parte de los realizadores colombianos por abordar la criminalidad, los ambientes marginales y la degradación sin pausa, en un lenguaje siempre procaz y con un acento específico.

Pareciera que en esa perspectiva aún falta mucho por contar, porque mientras subsista esa cantera de exclusión social que deviene en economía informal y rápidamente en economía criminal, mientras haya un Estado ausente con su efecto nefasto de denegación de justicia, mientras continúe el desplazamiento que construye tugurios y viviendas infrahumanas en las grandes capitales, habrá un imperativo para ser focalizado por la narración audiovisual.

MATAR A JESUS es la historia de Paula quien ve matar a su padre, un profesor universitario, sin que exista razón que explique semejante crimen. La impotencia frente a un aparato judicial paquidérmico, corrupto, insensible, que diluye en el tiempo la indagación del delito, produce en Paula la necesidad de asumir por sí misma la investigación y la convierte en su íntima y solitaria obsesión. Ella tiene claro el rostro del sicario y pronto lo encuentra y se dá a la tarea de vincularlo a su vida.

Llama la atención cómo una estudiante de clase media, hija de un profesor de filosofía que habla en sus clases de Foucault, logra asimilar y mimetizarse en ese ambiente marginal y criminal de drogradicción y sicariato como si fuera el suyo propio. Ese proceso de asimilación sólo se explica en la necesidad visceral de buscar respuestas y vengar la muerte del padre.

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